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- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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En diciembre de 2003 viajé al norte de Italia a ver a Zulma; me quedé un mes y medio. Paseamos mucho, vimos maravillas, anduvimos por todos lados. Este es el relato de ese viaje día a día.
18.9.04
El sindrome de Sthendal
EL SINDROME DE STENDHAL
Gran sensibilidad receptiva, avidez, hambre de contemplar la belleza artística y predisposición anímica son las principales características que tienen que coincidir en una persona para que padezca el denominado síndrome de Stendhal, que se puede definir como "la situación anímica que se produce al observar obras de belleza impresionante, fundamentalmente en un corto espacio de tiempo y acumuladas en una ciudad", ha explicado Jesús Martínez-Falero, patólogo digestivo, en su discurso de ingreso en la Real Academia Conquense de las Artes y las Letras sobre El arte, el artista creador y su mundo.
Martínez-Falero, que se jacta de ser el único médico que pertenece a la citada academia, destaca que "todos nos beneficiamos con el regalo que supone para el espíritu contemplar una obra de arte o escuchar una sinfonía que podemos aplicar como terapéutica consoladora en las horas tristes". Martínez-Falero, miembro también de otras tantas academias, se pregunta qué le puede ocurrir al espectador que contempla el arte.
Ciudades artísticas
Para ello, cita el síndrome de Stendhal, que lleva el nombre del escritor francés de finales del XVIII y principios del XIX. Stendhal ya describió este síndrome en su libro de viajes Roma, Nápoles y Florencia, publicado en 1917. "Los expertos que lo han estudiado después -afirma- coinciden en que se produce en personas que contemplan la extraordinaria belleza artística, acumulada en una ciudad en poco tiempo y ávidas del arte". Suelen ser turistas de mediana edad, en mayor proporción mujeres, que viajan solas, procedentes de ciudades tranquilas, de vida ordenada, monótona y sin grandes estímulos artísticos, que "después de visitas sucesivas a bellos recintos arquitectónicos, repletos de pinturas y esculturas, son víctimas de un estado de ánimo que se manifiesta en un cuadro clínico con variantes en cada caso, pero que generalmente se presenta con angustia, confusión, excitación, temblor, palpitaciones en el corazón, sudoración, zumbido de oído; todo de aparición súbita y con un evidente sustrato vegetativo".
J. Escudero
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FIRENZE Y EL SINDROME DE STENDHAL
Si usted es de aquellos que, cuando abandonan una ciudad, se preguntan, para poner en orden los recuerdos, “¿Qué te llevarías a casa de todo lo que has visto?”, entonces no encontrará ciudad que se lo ponga más difícil que Florencia.
No en vano aquí nació una exquisita enfermedad que ha hecho estragos en los tiempos modernos en los que, como afirma Boris Groys, el turismo se ha destacado como negocio esencial de nuestra sociedad hasta el punto de que ya es el turismo el que crea los lugares que se convierten en sus templos. Esa exquisita enfermedad nació en la iglesia de la santa Croce y aquejó a Stendhal, encargado por tanto de prestar su apellido al mal. Tras un largo día paseando por Florencia, entrando en iglesias y museos, tratando de no perder detalle para alimentar su Diario, admirando tallas, estatuas, fachadas, cúpulas, frescos, repentinamente sintió una extraña angustia acompañada de vértigos.
Recurrió a un médico que, tras tomarle el pulso y mirarle los globos blancos de los ojos, le dijo que padecía una sobredosis de belleza. Había nacido el síndrome de Stendhal, enfermedad que debe ser algo más que una mera anécdota cuando es concienzudamente estudiada, diagnosticada y medicada por los profesionales (hasta el punto de que los mejores especialistas trabajan en un departamento exclusivo del Hospital Santa María Novella).
Admitirán que ningún lugar mejor para empezar nuestro paseo florentino que la iglesia en la que nació una enfermedad tan prestigiosa. Alguien ha dicho que Santa Croce parece un inmenso establo, y en efecto esa impresión puede sacudirnos al reparar en sus techos de madera, y su iluminación pobre. El aspecto exterior no deja sospechar lo que encontraremos dentro, pues la fachada es muy reciente y el mármol blanco que la singulariza no casa del todo con un interior que data de finales del siglo XIII. No hay que olvidar que es una iglesia franciscana, orden que tenía la pobreza como mérito grande para el ascenso a los cielos.
Lo que primero impresionará al Stendhal inevitable que llevamos dentro es el suelo: está tapizado de tumbas hasta el punto de que no será raro acoger la sensación de que hemos entrado en un cementerio. Puestos a hablar de tumbas, uno de los lugares más reclamados del interior de la iglesia es la de Miguel Ángel, que no está en ningún suelo, sino que está custodiada por un conjunto escultórico.
Aunque ya que estamos comparando tumbas, hay que decir que una de las más imponentes es la de Galileo Galilei, si bien se trata de un monumento de pega: quiero decir que allí no están los restos del sabio —o no estaban hasta ahora, no sé si eso habrá cambiado— pues la Iglesia condenó como hereje a quien dijo que la Tierra se movía y no se permitió que se le diese sepultura sagrada. Así que su verdadera tumba está -o estaba hasta que el Papa lo redimió de sus terribles y heréticos aciertos- en una capilla a la que no se consiente el acceso de nadie.
De todas maneras, si algo significa de veras Santa Croce no es la colección de muertos ilustres que guarda, sino la inolvidable viveza de los frescos que pintó Giotto, que ha sido denominado el primer pintor moderno. En efecto, su logro esencial consistió en corregir las tradiciones recibidas para arrimar la pintura a un realismo que escapara enérgicamente de la necesidad de lo simbólico. Eso aparte, la radiante pureza de sus colores -muy maltratados por el tiempo, porque pintó sobre yeso fresco, y devueltos a su pureza original por una minuciosa restauración- hacen de sus obras radiantes piezas de un mundo singularísimo.
Se dice que la Santa Croce forma junto con el Duomo y Santa María Novella los símbolos sacros primordiales del orgullo florentino. En efecto, los tres templos fueron pagados por el municipio.
El Duomo no pueden llevárselo a su casa aunque lo elijan como lo más inolvidable que vieron en Florencia. La cúpula de teja del Brunelleschi, tan gigantesca, es la proeza mayúscula de un Renacimiento que no cesó de producir proezas. Erigida en el esplendor de la República de Florencia, cuando a la expansión política acompañaban la económica y la urbanística, expresaban el deseo florentino de ascender a su ciudad a la categoría de las grandes. De hecho, el Duomo es la cuarta iglesia de la cristiandad, en cuestión de tamaño.
Si la cúpula de Brunelleschi puede verse desde cualquier punto de Florencia (y de Italia, que diría un florentino), y anuncia cierta ampulosidad, ésta quedará desmentida en cuanto nos internemos en la catedral, de una sobriedad llamativa. Es una pena que se desatendiera la orden de Brunelleschi de decorar el interior de su cúpula con mosaicos: se prefirió recurrir a los consabidos frescos, con escenas del Juicio Final, meritorios pero fatigantes, sobre todo porque oponen al racionalismo evidente del arquitecto una pomposidad que no acaba de casar con él.
Como de cuento es el Campanile que diseñó Giotto y que es vecino del Duomo: puede saberse la hora del día dependiendo de si la sombra de Brunelleschi se proyecta sobre el Campanile de Giotto o si la de éste afecta a la cúpula del primero. Hay que subir más de cuatrocientos escalones para alcanzar la cima y echar un vistazo a la plantación de tejados que es Florencia. Sólo con visitar pacientemente el Duomo y el Campanile, ya sentirán leves vértigos stendhalianos, pero si aún le quedan ganas, merece la pena echar una ojeada a las puertas de bronce del Battistero, sobre todo a las que Miguel Ángel bautizó como puertas del Paraíso. Pero nada de esto se podrán llevar a casa, más que metafóricamente.
Esplendor gentil donde sí se alinean cientos de joyas que, no lo duden, enriquecerían su salón con una lumbre antigua, hermosa y elegante es en la legendaria Galería Uffizi. Ya los edificios que alojan una de las más impresionantes colecciones del mundo son joyas por sí mismos (quiero decir, que si estuvieran vacíos merecerían igualmente una visita). Son obras de Vasari, y albergan tanto la memoria de lo que fue Florencia —en el sentido más literal del término, porque se guardan allí los archivos de la ciudad— como la ambición de un apellido que es inseparable del nombre de la ciudad (y que no me perdonaré haber tardado tanto en citar): los Médicis. De las muchas villas que fueron propiedad de los Médicis procede gran parte de la interminable colección de obras que atestan estos edificios. No es sólo una monumental pinacoteca -de hecho es famoso que el historiador del Imperio Romano Edward Gibbon se complacía en decir que a los Uffizi había que ir a ver las esculturas clásicas, y Shelley ni siquiera reparó en los cuadros de las paredes, pues sólo dedicaba atención a discóbolos, pensadores y atletas de mármol-.
Igual que la enfermedad de Stendhal nació en la Santa Croce, el movimiento prerrafaelista inglés nació en los Uffizi, pues fue el interés del crítico de arte y esteta sin desmayo John Ruskin, el que dio aliento nuevo al interés por la pintura renacentista en la que los pintores ingleses del XIX encontraron un magisterio que trataron de imitar.
Para no hacer de este párrafo un largo catálogo de nombres propios, diremos que lo más aconsejable para quienes no quieran exponerse al riesgo de padecer allí mismo las sacudidas del síndrome de Stendhal, es dedicar sus fuerzas primeras a la Sala 2, donde Cimabué, Giotto -con un retrato de la Virgen en el que se inventa el realismo- y otros pintores del XIII compiten con obras de una delicadeza, y a la vez una potencia expresivas, difíciles de adjetivar.
Más adelante están los archiconocidos Duques de Urbino que pintó Piero della Francesca. Como se sabe, el duque exigió ser fielmente representado, no mejorado: incluso posó de perfil para que se hiciera evidente su defecto principal, del que se sentía muy orgulloso: una nariz excesiva que debía su tamaño a un espadazo bélico.
Unas salas más allá les sobrecogerá El Nacimiento de Venus de Boticcelli, o El Bautismo de Cristo de Verrocchio. Y hay que hacer una visita a La Tribuna, que es una estancia octogonal donde se representa el cosmos y en la que está la sensualísima Venus del siglo III antes de la Cruz.
Es difícil elegir entre tanta Venus -está la de Tiziano, por ejemplo, de la que Lord Byron afirmó que es la Venus definitiva-. Y no se me puede olvidar que destaca también alguna obra maestra de Caravaggio, como El Baco, o alguna obra maestra de Rafael como La Virgen del Jilguero.
Se sale de los Uffizi un poco mareado, es cierto, confundiendo nombres e imágenes, sin estar del todo seguro si la Virgen del Cuello Largo es de Parmigiano o de Tiziano.
Imaginemos a Stendhal saliendo de los Uffizi, buscando un poco de aire y acabando en la Piazza della Signoria, la más famosa de Florencia, con su colección de mármoles, bronces y piedras exquisitamente talladas. Sentados en los peldaños de la plaza, decenas de personas tratan de recuperarse, pero no hay lugar donde se pose la mirada que no sea obra de arte. Como se ve es muy difícil elegir algo que llevarse a casa.
Pero la competencia seguirá endureciéndose si se llega a la fortificación del Bargello, donde se instala el Museo Nacional de Escultura y donde Miguel Ángel compite con el gran Benvenutto Cellini y Donatello con Brunelleschi.
Y falta todavía acudir a presentar nuestros respetos a la belleza del David de Miguel Ángel, tan impresionante —aunque reconozco que a mí me impresiona más el Perseo de Cellini— allí al fondo de un pasillo de la Galería de la Academia de Bellas Artes de Florencia, que fue la primera escuela de arte fundada en Europa, y cuya colección no tenía otro objeto al principio que proporcionar modelos a los alumnos. Pueden sobrecogerse con los maravillosos Prisioneros de Miguel Ángel -esas figuras que hacen esfuerzos por salir de la pieza de mármol que los encierra- y hacer la obligada visita a la pieza maestra de Buonarotti: pieza de cuatro metros de altura que una vez estuvo expuesta en la Piazza della Signoria hasta que, a finales del XIX, la guardaron en las salas de la Academia.
Hay decenas de museos en Florencia —la Casa de Dante merece una visita, por ejemplo— e incontables iglesias, cada cual con algún retablo maravilloso —en San Marco, los frescos tan puros de Fra Angelico— y no sé cuántos palacios con colecciones imponentes.
Florencia es prácticamente obra de una familia de banqueros, los Médicis, que durante tres siglos se enorgullecieron en una creación en la que todo se diría resueltamente medido. Su escudo se ve por todas partes, su nombre aparece una y otra vez en los catálogos de los sitios que hay que visitar. Su historia, en la que no faltan los componentes de novela negra y los de novela erótica, está llena de meandros, laberintos, pasiones. Convirtieron la Toscana en ombligo del mundo, impulsando a pintores, poetas y científicos (por ejemplo beneficiaron a Galileo Galilei alentándolo en sus investigaciones astronómicas). No es de extrañar que Florencia esté llena de orgullo por su pasado. Lo decía Stendhal: “Pregúntele a los florentinos qué es lo que son y responderán diciendo qué es lo que fueron”.
Que su principal problema hoy sea la horda turística ha exigido que la ciudad se defienda a sí misma: al parecer van a imponer una especie de impuesto artístico para limitar las visitas o para conseguir que la conservación de sus tesoros recaiga en los turistas. Desde luego no sólo de arte vive el turista, aunque sí sólo del turismo viva hoy una ciudad como Florencia.
El pasado no nos ha dejado hablar de las preciosas obras arquitectónicas de uno de los grandes arquitectos del siglo XX: Michelucci, autor de la maravillosa estación de tren y de la iglesia de San Juan Bautista (dos obras financiadas por el fascismo, pues a Mussolini le encantaba la arquitectura y potenció a los arquitectos racionalistas).
Es difícil decidir qué se llevaría uno a casa de una ciudad como Florencia. Se queda prendado de los colores del Ponte Vecchio, recuerda todo lo que ha visto, se acuerda del síndrome de Stendhal, y acaba decidiendo que tiene que volver para decidir con más confianza. Autor: Juan Bonilla.
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ALGO ME ESPERABA EN EL DUCALE...
(Así fue mi encuentro con la pintura - 28-12-1996)
Nunca entendí nada de pintura y tampoco me gustaba, fue siempre para mi un territorio totalmente desconocido y carente de interés.
Un buen día hace algunos años estando en Venezia entré a visitar el Palazzo Ducale, un sitio repleto de las mejores y maravillosas obras de arte imaginables. Fue residencia de los Dux del Véneto en sus mejores épocas de magnificencia y capital de la Sereníssima.
La historia dice que Napoleón conquistó a la Serenissima República de Venezia el 12 de mayo de 1797 y que la cedió a la corona austríaca. Era el fin de un milenio de esplendor imperial. En 1866, Venezia se incorporó al nuevo Reino de Italia.
Eramos un grupo de cinco y caminábamos atontados las estancias y salas admirando techos artesonados, esculturas, pinturas y decoraciones renacentistas mil. Es impresionante contemplar el esplendor en que vivían esos Señores, se le corta a uno la respiración de verlo.
En el Palazzo Ducale -contiguo a la Piazetta de la gran Basílica de San Marcos y de frente al canal grande- trabajaron los mejores artistas que tuvo la humanidad.
Algo me esperaba ahí dentro y yo no lo sabía. De pronto vi una puerta con una escalera angosta y me aparté del grupo, una corta escalera que subía hacia algún lado. Entré y subí, arriba había tres puertas con el cartel "vietatto passare", tenía que bajar entonces.
Me doy vuelta para descender y algo me llamó la atención... en el rellano, ese espacio muerto que queda arriba del cajón de la escalera, tenía frente a mis ojos una enorme pintura afrescada con un señor que llevaba un chico sobre los hombros.
Algo me pasó, no sé decir qué... algo me hizo detener y me senté en un escalón a ver eso... recuerdo la piernas y brazos musculosos del personaje, y el movimiento de torsión que resultaba impreso en la obra. Me pareció una pintura notable, me encandiló y dejó perplejo.
No sé cuánto tiempo estuve sentado ahí, solo, tal vez 15 o 20 minutos, no importa cuánto. El hecho palmario es que había recibido el flechazo del arte y el mundo se transformó. En esos minutos me olvidé de todo y mis ojos se confundieron con esa pintura, por un momento fue todo uno, más tarde me di cuenta que había perdido la conciencia de mí mismo.
Al bajar me encontré con el resto del grupo que me estaba buscando y me preguntaba dónde me había metido. No me importó ni les dije. Busqué desesperado a algún guardián de los tantos que andan por ahí y lo interrogué por quién había pintado esa maravilla que estaba ahí arriba encajonada. El buen hombre me dijo en perfecto italiano: "questo e del Tizziano Vecellio, signore".
De ahí en más el fresco y su pintor fueron para mí una obsesión y al salir del Ducale compré un libro con la obra de Tizziano esperando encontrarlo pero no tuve suerte, tenía muchas estampas pero no la del atleta ese con el chico sobre los hombros.
Me pregunté muchas veces qué fue lo que me pasó, qué hizo que a partir de ahí comenzara yo a apreciar el arte de la pintura... -En tren de encontrar alguna respuesta al enigma recordé las musculosas piernas de mi padre que tanto me llamaban la atención de chico, me vino también la seguridad que lleva un niño montado a hombros de un adulto y varias cosas más, todos recuerdos infantiles. Confieso que no tengo una respuesta certera, lo único que sé es que algo me estaba esperando en el Ducale y el encuentro se produjo.
Ya de regreso a la patria no perdí ocasión de hurgar en las librerías especializadas tratando de encontrar lo que me había impactado pero no tuve éxito: ese fresco no aparece en los catálogos de Tizziano.
Hace pocos días me volvió la pregunta y lo busqué en Internet hasta que lo encontré. Se trata del San Cristobal, pintado en el año 1524 a sus aprox. 36 años. Cierro los ojos y lo tengo presente tal como aquel día de diciembre del 96 en el Palazzo Ducale, justo el día en que mi hija la mayor cumplía 19 años.
Recuerdo que -antes de saber quién era el pintor- mientras miraba embobado el fresco me lo imaginaba subido a los andamios de madera trabajando solo ahí arriba tal vez unas cuantas semanas o meses. Qué pensaría ahí encaramado pintando a la luz de hachones de fuego? Qué sentido tendría para ése hombre realizar tan ardua tarea? Cómo sería su vida cotidiana, sus comidas, su familia y amores? Por qué se dedicó a la pintura y no a cualquier otra cosa?
Hubiera imaginado tal vez que su nombre iba a quedar para los siglos y que cientos de años más adelante un turista argentino se iba a sentar justo ahí en esa banal escalera para descubrir el valor de una pintura...?
Mientras tanto y absolutamente abstraído en la imagen de Cristobal cargando al niño yo hablaba interiormente con Vecellio, lo veía de espaldas a mí pintando su fresco, observando cada una de las pinceladas. Los siglos de distancia no significaron nada, el encuentro se había producido, algo me estaba esperando en el Ducale y la fortuna quiso que lo encontrara.
Mario
Gran sensibilidad receptiva, avidez, hambre de contemplar la belleza artística y predisposición anímica son las principales características que tienen que coincidir en una persona para que padezca el denominado síndrome de Stendhal, que se puede definir como "la situación anímica que se produce al observar obras de belleza impresionante, fundamentalmente en un corto espacio de tiempo y acumuladas en una ciudad", ha explicado Jesús Martínez-Falero, patólogo digestivo, en su discurso de ingreso en la Real Academia Conquense de las Artes y las Letras sobre El arte, el artista creador y su mundo.
Martínez-Falero, que se jacta de ser el único médico que pertenece a la citada academia, destaca que "todos nos beneficiamos con el regalo que supone para el espíritu contemplar una obra de arte o escuchar una sinfonía que podemos aplicar como terapéutica consoladora en las horas tristes". Martínez-Falero, miembro también de otras tantas academias, se pregunta qué le puede ocurrir al espectador que contempla el arte.
Ciudades artísticas
Para ello, cita el síndrome de Stendhal, que lleva el nombre del escritor francés de finales del XVIII y principios del XIX. Stendhal ya describió este síndrome en su libro de viajes Roma, Nápoles y Florencia, publicado en 1917. "Los expertos que lo han estudiado después -afirma- coinciden en que se produce en personas que contemplan la extraordinaria belleza artística, acumulada en una ciudad en poco tiempo y ávidas del arte". Suelen ser turistas de mediana edad, en mayor proporción mujeres, que viajan solas, procedentes de ciudades tranquilas, de vida ordenada, monótona y sin grandes estímulos artísticos, que "después de visitas sucesivas a bellos recintos arquitectónicos, repletos de pinturas y esculturas, son víctimas de un estado de ánimo que se manifiesta en un cuadro clínico con variantes en cada caso, pero que generalmente se presenta con angustia, confusión, excitación, temblor, palpitaciones en el corazón, sudoración, zumbido de oído; todo de aparición súbita y con un evidente sustrato vegetativo".
J. Escudero
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FIRENZE Y EL SINDROME DE STENDHAL
Si usted es de aquellos que, cuando abandonan una ciudad, se preguntan, para poner en orden los recuerdos, “¿Qué te llevarías a casa de todo lo que has visto?”, entonces no encontrará ciudad que se lo ponga más difícil que Florencia.
No en vano aquí nació una exquisita enfermedad que ha hecho estragos en los tiempos modernos en los que, como afirma Boris Groys, el turismo se ha destacado como negocio esencial de nuestra sociedad hasta el punto de que ya es el turismo el que crea los lugares que se convierten en sus templos. Esa exquisita enfermedad nació en la iglesia de la santa Croce y aquejó a Stendhal, encargado por tanto de prestar su apellido al mal. Tras un largo día paseando por Florencia, entrando en iglesias y museos, tratando de no perder detalle para alimentar su Diario, admirando tallas, estatuas, fachadas, cúpulas, frescos, repentinamente sintió una extraña angustia acompañada de vértigos.
Recurrió a un médico que, tras tomarle el pulso y mirarle los globos blancos de los ojos, le dijo que padecía una sobredosis de belleza. Había nacido el síndrome de Stendhal, enfermedad que debe ser algo más que una mera anécdota cuando es concienzudamente estudiada, diagnosticada y medicada por los profesionales (hasta el punto de que los mejores especialistas trabajan en un departamento exclusivo del Hospital Santa María Novella).
Admitirán que ningún lugar mejor para empezar nuestro paseo florentino que la iglesia en la que nació una enfermedad tan prestigiosa. Alguien ha dicho que Santa Croce parece un inmenso establo, y en efecto esa impresión puede sacudirnos al reparar en sus techos de madera, y su iluminación pobre. El aspecto exterior no deja sospechar lo que encontraremos dentro, pues la fachada es muy reciente y el mármol blanco que la singulariza no casa del todo con un interior que data de finales del siglo XIII. No hay que olvidar que es una iglesia franciscana, orden que tenía la pobreza como mérito grande para el ascenso a los cielos.
Lo que primero impresionará al Stendhal inevitable que llevamos dentro es el suelo: está tapizado de tumbas hasta el punto de que no será raro acoger la sensación de que hemos entrado en un cementerio. Puestos a hablar de tumbas, uno de los lugares más reclamados del interior de la iglesia es la de Miguel Ángel, que no está en ningún suelo, sino que está custodiada por un conjunto escultórico.
Aunque ya que estamos comparando tumbas, hay que decir que una de las más imponentes es la de Galileo Galilei, si bien se trata de un monumento de pega: quiero decir que allí no están los restos del sabio —o no estaban hasta ahora, no sé si eso habrá cambiado— pues la Iglesia condenó como hereje a quien dijo que la Tierra se movía y no se permitió que se le diese sepultura sagrada. Así que su verdadera tumba está -o estaba hasta que el Papa lo redimió de sus terribles y heréticos aciertos- en una capilla a la que no se consiente el acceso de nadie.
De todas maneras, si algo significa de veras Santa Croce no es la colección de muertos ilustres que guarda, sino la inolvidable viveza de los frescos que pintó Giotto, que ha sido denominado el primer pintor moderno. En efecto, su logro esencial consistió en corregir las tradiciones recibidas para arrimar la pintura a un realismo que escapara enérgicamente de la necesidad de lo simbólico. Eso aparte, la radiante pureza de sus colores -muy maltratados por el tiempo, porque pintó sobre yeso fresco, y devueltos a su pureza original por una minuciosa restauración- hacen de sus obras radiantes piezas de un mundo singularísimo.
Se dice que la Santa Croce forma junto con el Duomo y Santa María Novella los símbolos sacros primordiales del orgullo florentino. En efecto, los tres templos fueron pagados por el municipio.
El Duomo no pueden llevárselo a su casa aunque lo elijan como lo más inolvidable que vieron en Florencia. La cúpula de teja del Brunelleschi, tan gigantesca, es la proeza mayúscula de un Renacimiento que no cesó de producir proezas. Erigida en el esplendor de la República de Florencia, cuando a la expansión política acompañaban la económica y la urbanística, expresaban el deseo florentino de ascender a su ciudad a la categoría de las grandes. De hecho, el Duomo es la cuarta iglesia de la cristiandad, en cuestión de tamaño.
Si la cúpula de Brunelleschi puede verse desde cualquier punto de Florencia (y de Italia, que diría un florentino), y anuncia cierta ampulosidad, ésta quedará desmentida en cuanto nos internemos en la catedral, de una sobriedad llamativa. Es una pena que se desatendiera la orden de Brunelleschi de decorar el interior de su cúpula con mosaicos: se prefirió recurrir a los consabidos frescos, con escenas del Juicio Final, meritorios pero fatigantes, sobre todo porque oponen al racionalismo evidente del arquitecto una pomposidad que no acaba de casar con él.
Como de cuento es el Campanile que diseñó Giotto y que es vecino del Duomo: puede saberse la hora del día dependiendo de si la sombra de Brunelleschi se proyecta sobre el Campanile de Giotto o si la de éste afecta a la cúpula del primero. Hay que subir más de cuatrocientos escalones para alcanzar la cima y echar un vistazo a la plantación de tejados que es Florencia. Sólo con visitar pacientemente el Duomo y el Campanile, ya sentirán leves vértigos stendhalianos, pero si aún le quedan ganas, merece la pena echar una ojeada a las puertas de bronce del Battistero, sobre todo a las que Miguel Ángel bautizó como puertas del Paraíso. Pero nada de esto se podrán llevar a casa, más que metafóricamente.
Esplendor gentil donde sí se alinean cientos de joyas que, no lo duden, enriquecerían su salón con una lumbre antigua, hermosa y elegante es en la legendaria Galería Uffizi. Ya los edificios que alojan una de las más impresionantes colecciones del mundo son joyas por sí mismos (quiero decir, que si estuvieran vacíos merecerían igualmente una visita). Son obras de Vasari, y albergan tanto la memoria de lo que fue Florencia —en el sentido más literal del término, porque se guardan allí los archivos de la ciudad— como la ambición de un apellido que es inseparable del nombre de la ciudad (y que no me perdonaré haber tardado tanto en citar): los Médicis. De las muchas villas que fueron propiedad de los Médicis procede gran parte de la interminable colección de obras que atestan estos edificios. No es sólo una monumental pinacoteca -de hecho es famoso que el historiador del Imperio Romano Edward Gibbon se complacía en decir que a los Uffizi había que ir a ver las esculturas clásicas, y Shelley ni siquiera reparó en los cuadros de las paredes, pues sólo dedicaba atención a discóbolos, pensadores y atletas de mármol-.
Igual que la enfermedad de Stendhal nació en la Santa Croce, el movimiento prerrafaelista inglés nació en los Uffizi, pues fue el interés del crítico de arte y esteta sin desmayo John Ruskin, el que dio aliento nuevo al interés por la pintura renacentista en la que los pintores ingleses del XIX encontraron un magisterio que trataron de imitar.
Para no hacer de este párrafo un largo catálogo de nombres propios, diremos que lo más aconsejable para quienes no quieran exponerse al riesgo de padecer allí mismo las sacudidas del síndrome de Stendhal, es dedicar sus fuerzas primeras a la Sala 2, donde Cimabué, Giotto -con un retrato de la Virgen en el que se inventa el realismo- y otros pintores del XIII compiten con obras de una delicadeza, y a la vez una potencia expresivas, difíciles de adjetivar.
Más adelante están los archiconocidos Duques de Urbino que pintó Piero della Francesca. Como se sabe, el duque exigió ser fielmente representado, no mejorado: incluso posó de perfil para que se hiciera evidente su defecto principal, del que se sentía muy orgulloso: una nariz excesiva que debía su tamaño a un espadazo bélico.
Unas salas más allá les sobrecogerá El Nacimiento de Venus de Boticcelli, o El Bautismo de Cristo de Verrocchio. Y hay que hacer una visita a La Tribuna, que es una estancia octogonal donde se representa el cosmos y en la que está la sensualísima Venus del siglo III antes de la Cruz.
Es difícil elegir entre tanta Venus -está la de Tiziano, por ejemplo, de la que Lord Byron afirmó que es la Venus definitiva-. Y no se me puede olvidar que destaca también alguna obra maestra de Caravaggio, como El Baco, o alguna obra maestra de Rafael como La Virgen del Jilguero.
Se sale de los Uffizi un poco mareado, es cierto, confundiendo nombres e imágenes, sin estar del todo seguro si la Virgen del Cuello Largo es de Parmigiano o de Tiziano.
Imaginemos a Stendhal saliendo de los Uffizi, buscando un poco de aire y acabando en la Piazza della Signoria, la más famosa de Florencia, con su colección de mármoles, bronces y piedras exquisitamente talladas. Sentados en los peldaños de la plaza, decenas de personas tratan de recuperarse, pero no hay lugar donde se pose la mirada que no sea obra de arte. Como se ve es muy difícil elegir algo que llevarse a casa.
Pero la competencia seguirá endureciéndose si se llega a la fortificación del Bargello, donde se instala el Museo Nacional de Escultura y donde Miguel Ángel compite con el gran Benvenutto Cellini y Donatello con Brunelleschi.
Y falta todavía acudir a presentar nuestros respetos a la belleza del David de Miguel Ángel, tan impresionante —aunque reconozco que a mí me impresiona más el Perseo de Cellini— allí al fondo de un pasillo de la Galería de la Academia de Bellas Artes de Florencia, que fue la primera escuela de arte fundada en Europa, y cuya colección no tenía otro objeto al principio que proporcionar modelos a los alumnos. Pueden sobrecogerse con los maravillosos Prisioneros de Miguel Ángel -esas figuras que hacen esfuerzos por salir de la pieza de mármol que los encierra- y hacer la obligada visita a la pieza maestra de Buonarotti: pieza de cuatro metros de altura que una vez estuvo expuesta en la Piazza della Signoria hasta que, a finales del XIX, la guardaron en las salas de la Academia.
Hay decenas de museos en Florencia —la Casa de Dante merece una visita, por ejemplo— e incontables iglesias, cada cual con algún retablo maravilloso —en San Marco, los frescos tan puros de Fra Angelico— y no sé cuántos palacios con colecciones imponentes.
Florencia es prácticamente obra de una familia de banqueros, los Médicis, que durante tres siglos se enorgullecieron en una creación en la que todo se diría resueltamente medido. Su escudo se ve por todas partes, su nombre aparece una y otra vez en los catálogos de los sitios que hay que visitar. Su historia, en la que no faltan los componentes de novela negra y los de novela erótica, está llena de meandros, laberintos, pasiones. Convirtieron la Toscana en ombligo del mundo, impulsando a pintores, poetas y científicos (por ejemplo beneficiaron a Galileo Galilei alentándolo en sus investigaciones astronómicas). No es de extrañar que Florencia esté llena de orgullo por su pasado. Lo decía Stendhal: “Pregúntele a los florentinos qué es lo que son y responderán diciendo qué es lo que fueron”.
Que su principal problema hoy sea la horda turística ha exigido que la ciudad se defienda a sí misma: al parecer van a imponer una especie de impuesto artístico para limitar las visitas o para conseguir que la conservación de sus tesoros recaiga en los turistas. Desde luego no sólo de arte vive el turista, aunque sí sólo del turismo viva hoy una ciudad como Florencia.
El pasado no nos ha dejado hablar de las preciosas obras arquitectónicas de uno de los grandes arquitectos del siglo XX: Michelucci, autor de la maravillosa estación de tren y de la iglesia de San Juan Bautista (dos obras financiadas por el fascismo, pues a Mussolini le encantaba la arquitectura y potenció a los arquitectos racionalistas).
Es difícil decidir qué se llevaría uno a casa de una ciudad como Florencia. Se queda prendado de los colores del Ponte Vecchio, recuerda todo lo que ha visto, se acuerda del síndrome de Stendhal, y acaba decidiendo que tiene que volver para decidir con más confianza. Autor: Juan Bonilla.
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ALGO ME ESPERABA EN EL DUCALE...
(Así fue mi encuentro con la pintura - 28-12-1996)
Nunca entendí nada de pintura y tampoco me gustaba, fue siempre para mi un territorio totalmente desconocido y carente de interés.
Un buen día hace algunos años estando en Venezia entré a visitar el Palazzo Ducale, un sitio repleto de las mejores y maravillosas obras de arte imaginables. Fue residencia de los Dux del Véneto en sus mejores épocas de magnificencia y capital de la Sereníssima.
La historia dice que Napoleón conquistó a la Serenissima República de Venezia el 12 de mayo de 1797 y que la cedió a la corona austríaca. Era el fin de un milenio de esplendor imperial. En 1866, Venezia se incorporó al nuevo Reino de Italia.
Eramos un grupo de cinco y caminábamos atontados las estancias y salas admirando techos artesonados, esculturas, pinturas y decoraciones renacentistas mil. Es impresionante contemplar el esplendor en que vivían esos Señores, se le corta a uno la respiración de verlo.
En el Palazzo Ducale -contiguo a la Piazetta de la gran Basílica de San Marcos y de frente al canal grande- trabajaron los mejores artistas que tuvo la humanidad.
Algo me esperaba ahí dentro y yo no lo sabía. De pronto vi una puerta con una escalera angosta y me aparté del grupo, una corta escalera que subía hacia algún lado. Entré y subí, arriba había tres puertas con el cartel "vietatto passare", tenía que bajar entonces.
Me doy vuelta para descender y algo me llamó la atención... en el rellano, ese espacio muerto que queda arriba del cajón de la escalera, tenía frente a mis ojos una enorme pintura afrescada con un señor que llevaba un chico sobre los hombros.
Algo me pasó, no sé decir qué... algo me hizo detener y me senté en un escalón a ver eso... recuerdo la piernas y brazos musculosos del personaje, y el movimiento de torsión que resultaba impreso en la obra. Me pareció una pintura notable, me encandiló y dejó perplejo.
No sé cuánto tiempo estuve sentado ahí, solo, tal vez 15 o 20 minutos, no importa cuánto. El hecho palmario es que había recibido el flechazo del arte y el mundo se transformó. En esos minutos me olvidé de todo y mis ojos se confundieron con esa pintura, por un momento fue todo uno, más tarde me di cuenta que había perdido la conciencia de mí mismo.
Al bajar me encontré con el resto del grupo que me estaba buscando y me preguntaba dónde me había metido. No me importó ni les dije. Busqué desesperado a algún guardián de los tantos que andan por ahí y lo interrogué por quién había pintado esa maravilla que estaba ahí arriba encajonada. El buen hombre me dijo en perfecto italiano: "questo e del Tizziano Vecellio, signore".
De ahí en más el fresco y su pintor fueron para mí una obsesión y al salir del Ducale compré un libro con la obra de Tizziano esperando encontrarlo pero no tuve suerte, tenía muchas estampas pero no la del atleta ese con el chico sobre los hombros.
Me pregunté muchas veces qué fue lo que me pasó, qué hizo que a partir de ahí comenzara yo a apreciar el arte de la pintura... -En tren de encontrar alguna respuesta al enigma recordé las musculosas piernas de mi padre que tanto me llamaban la atención de chico, me vino también la seguridad que lleva un niño montado a hombros de un adulto y varias cosas más, todos recuerdos infantiles. Confieso que no tengo una respuesta certera, lo único que sé es que algo me estaba esperando en el Ducale y el encuentro se produjo.
Ya de regreso a la patria no perdí ocasión de hurgar en las librerías especializadas tratando de encontrar lo que me había impactado pero no tuve éxito: ese fresco no aparece en los catálogos de Tizziano.
Hace pocos días me volvió la pregunta y lo busqué en Internet hasta que lo encontré. Se trata del San Cristobal, pintado en el año 1524 a sus aprox. 36 años. Cierro los ojos y lo tengo presente tal como aquel día de diciembre del 96 en el Palazzo Ducale, justo el día en que mi hija la mayor cumplía 19 años.
Recuerdo que -antes de saber quién era el pintor- mientras miraba embobado el fresco me lo imaginaba subido a los andamios de madera trabajando solo ahí arriba tal vez unas cuantas semanas o meses. Qué pensaría ahí encaramado pintando a la luz de hachones de fuego? Qué sentido tendría para ése hombre realizar tan ardua tarea? Cómo sería su vida cotidiana, sus comidas, su familia y amores? Por qué se dedicó a la pintura y no a cualquier otra cosa?
Hubiera imaginado tal vez que su nombre iba a quedar para los siglos y que cientos de años más adelante un turista argentino se iba a sentar justo ahí en esa banal escalera para descubrir el valor de una pintura...?
Mientras tanto y absolutamente abstraído en la imagen de Cristobal cargando al niño yo hablaba interiormente con Vecellio, lo veía de espaldas a mí pintando su fresco, observando cada una de las pinceladas. Los siglos de distancia no significaron nada, el encuentro se había producido, algo me estaba esperando en el Ducale y la fortuna quiso que lo encontrara.
Mario
